Si, ya se, estoy muerto, pero eso no es excusa para decir que miento. Yo se bien lo que vi.
Los dos teníamos la seguridad de que estaba descargada, y aparte teníamos mucha experiencia manejándolas, después de todo pasábamos muchas horas en los juegos de la esquina de mi casa.
Cuando Tito me apuntó, empecé a pensar alguna voltereta dramática, pero me quedé helado, no pude mover un solo dedo.
Ahí, al lado de Tito, con esas manos horribles sosteniendo junto con él la pistola de su papá, un monstruo rojo con cuernos y patas de cabra me miraba directo a los ojos, y sonreía mientras algunos trozos de mi cabeza manchaban ya el sillón de la sala.
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