Gelfer, el herrero, enciende sus hornos, prepara sus mazas, ordena los pedidos de acuerdo a la jerarquia del cliente, primero los del barón Maltir, por supuesto, sobre todo teniendo en cuenta el inminente ataque de la Cofradía en las fronteras del norte. Luego, los herrajes del Maestro Koncius, suficientemente fuertes para soportar la larga peregrinacion a la esfinge de Koh, sobre todo teniendo en cuenta a sus cuatro hijas y su predileccion por el estofado de salamandra.
Lumvitala, la poetisa, abre sus ojos e inmediatamente comienza a traducir cada signo de la naturaleza en versos cada vez más melancólicos, más tristes, tal vez porque su amado Nicel es parte del grupo de aldeanos que la noche anterior marchó junto a las tropas del barón hacia la frontera, armado sólo con su vieja espada de bronce y el escudo que ella había decorado tan tiernamente, rogando a cada pincelada que jamás fuera a usarlo.
Alrededor del pozo los niños persiguen un cachorro extraviado, mientras de fondo se escuchan los gritos de sus madres llamándolos para desayunar. Claro, otra vez avena remojada con leche, como si eso fuera más atractivo que perseguir ese cachorro esperando atraparlo y ser el héroe poseedor de un hermoso lobo blanco que te considere su amo y señor. En ese momento otra madre entra en escena, y se lleva al cachorro a su propio desayuno sin dañar a los niños, son solo humanos, no vale la pena.
Claide el bardo abre los ojos sobresaltado por el ajetreo del poblado. Es su primera noche en estos parajes y no conoce aun a la gente del pueblo. La noche anterior se mostraron amables y se alegraron al escuchar sus canciones relatando los sucesos de la batalla de Maranda, donde la Cofradía fue obligada a una apabullante retirada por los duques de Teris... claro que las canciones no tendrían el mismo efecto si relataran toda la verdad... claro que las canciones no serían lo mismo si mencionaran que la Cofradía sólo había enviado un grupo de mantícoras apenas entrenadas, para medir fuerzas, y que esas fuerzas sin entrenar habían acabado con la mitad de las tropas de los duques.
Detrás de la herrería de Gelfer, Med comienza su diaria tarea de acarrear leña para los hornos. Med es su apodo (su nombre es Ragim), ya que su estatura no es suficientemente alta para un humano, ni suficientemente baja para un enano. Fue por esto (eso le dijeron) que fue rechazado para el ejército, y ahora tiene que acarrear leña día tras día para forjar las espadas que soñó blandir.
Ya cercano el mediodía, hacia el norte, comienza a divisarse una nube de humo. Claro, los soldados y los voluntarios estarán quemando los cadáveres de las tropas de la Cofradía. Las labores en Linen continúan sin preocupación, excepto algunas pocas miradas al norte.
Med escucha la detonación, mientras ve volar sobre el pueblo las astillas del portón que él mismo ayudó a reforzar. Sin pensarlo toma una de las espadas recién forjadas y corre hacia el tumulto.
En el camino se topa con Gelfer el herrero. Su cuerpo atravesado por una lanza lo observa como recriminándole que haya abandonado los hornos.
Detrás de Gelfer, Lumvitala la poetisa compone su ultimo verso sobre su amado Nicel, y los eventos que lo llevaron a convertirse en un cadáver andante y devorar sus entrañas mientras ella lo observa con ojos llenos de amor y terror.
Un aldeano de ricos ropajes y ojos amarillos cae bajo el filo de la espada de Med cuando intentaba estrangular a uno de los niños. Koncius ya no tendrá su peregrinación a Koh.
Las sombras descienden sobre el poblado, el sol decide retirarse del mundo ante el horror de la masacre.
Claide el bardo camina deprisa por la pendiente, intentando no mirar atras. No llegó a conocer a la gente del pueblo, ya nadie lo hará.
Cuando el sol nuevamente se asoma, los habitantes de Linen comienzan su tarea diaria.
Los hornos de la herrería se encienden, alimentados por los cadáveres del poblado, mientras la cabeza de Gelfer observa desde su lanza, con ojo crítico, el avance de las tareas.
Nicel, envuelto en su capa fabricada con la piel de su amada Lumvitala, dirige al grupo encargado de fortalecer la empalizada del sur.
Alrededor del pozo, dos niños de ojos amarillos enseñan sus ensangrentados dientes mientras persiguen sin parar la rodante cabeza de Med.
La loba observa la escena, da media vuelta y retorna a su cueva, sus cachorros la esperan...